4 de Noviembre, 2011
Dejarte ir
Lo ví detenerse frente a la puerta de la habitación y pensarselo mejor. Miles de preguntas atravesaban su cabeza, escasas tenían alguna respuesta concreta. Una parte de él le susurraba que siguiera adelante, que era lo mejor, mientras otra gritaba con todas sus fuerzas que quizá aún fuera demasiado pronto, una mala idea.
Yo me limitaba a observar cada uno de sus movimientos sin hacer ruido, a respirar su aire, a sentirlo cerca mío. Ya tenía claro que todo estaba llegando a su fín, que este sería el adiós definitivo. Y me dolía mucho, porque me dolía por los dos. Se pasó la mano por el pelo, como hacia cuando estaba confundido y yo me tallé ese gesto en la memoria de modo que esperaba no lo olvidara.
Ni uno decía nada, ni él, ni oviamente yo. Era lo más racional, pero en ese momento el silencio me parecía mas llenador que nunca. Los recuerdos se agalopaban unos sobre otros, empujandose para salir a flote y dejar su sabor agridulce, ese de algo que fué pero que ya no volverá. Y se que ambos en ese momento nos permitimos cerrar los ojos y mirar tiempos mejores.
La vez que nos conocimos en esa fila de supermercado, cuando él con toda la caballerosidad que lo caracteriza me había dejado pasarlo por un puesto. Yo tenía novio, pero en ese momento el no lo preguntó. No lo supo si no hasta que llamó para invitame a salir, y tuve que rechazarlo no sin cierto pesar. Pero el insistió.
Una pequeña risita se escapó de sus labios al perderse en las escenas, y yo abrí los ojos para descubrir los suyos centrados en mí, pero sin verme realmente. Me traspasaba con la mirada, pero las comisuras de sus labios se hallaban levantadas. Sus hoyuelos se marcaban como pocas veces lo habían hecho este último tiempo y me sentí llena de calor cuando sonrió abiertamente al entrar más profundo en la memoria.
Sus labios recordaban perfectamente como habían encajado con los míos en nuestro primer beso una tarde de lluvia otoñal, en una pequeña plaza al escaso cobijo de los árboles ya casi sin hojas. El dorado que parecía recubrirlo todo, anunciando el frio próximo, contrastando con el calor de sus manos en el hueco de mi espalda, y de las suyas en torno a mi cuello. Un par de veces nos escapamos a escondidas, hasta que yo terminé oficialmente mi relación y nosotros pudimos iniciar una nueva.
¿Que me conquistó de él? Mas facil habría sido preguntar que no.
Pude sentir casi palpable su felicidad cuando recordó nuestros primeros meses de novios, nuestra primera vez y nuestras primeras discuciones. El primer te amo, el último te quiero. Las peleas que siempre terminaban en excusas para reconciliaciones, los paseos sorpresa que le gustaba organizar para mí, siempre llevandome a algún lugar nuevo y distinto. Las noches en que nos dormíamos abrazados en el sillón, simplemente exahustos de tanto hablar.
Me sentiría viva mientras el pudiera mirar al pasado sin dolor, si no solo con la alegría de los momentos más felices y de nuestra vida juntos.
Cuando por fín volvió a levantar los parpados y se obligó a volver a la realidad se sintió desorientado, y por un momento pude ver el conocido dolor desgarrar sus fracciones. Instantaneamente estiré mi mano para intentar consolarle, pero el se movió y volví a bajarla. Ya no podía hacer nada.
Dirigió una mirada a la unica foto que adornaba el mueble a su lado, una que nos habían tomado el día que el me propuso matrimonio. No recuerdo haber sido más felíz que cuando supe que el quería pasar el resto de su vida junto a mí. La acarició suavemente con la llema de los dedos, como si pudiera con eso hacerme sentir bien. Y lo hizo.
Por último, suspiró profundamente y murmuro algo que no quise oir. Sin más, salió por la puerta del departamento, intentando no mirar atrás, buscando el salir adelante.
Yo me quedé allí, de piedra, sin saber como reaccionar. Dos, tres y luego cuatro lagrimas surcaron mi mejilla, lagrimas que significaban dolor, orgullo y perdida, pero en su totalidad eran lagrimas de amor.
Contemplé solo un rato más la fotografía en la que los dos nos veíamos tan sonrientes y luego me decidí a alcanzarlo. Quería disfrutar de él, solo un poco más.
Lo encontré en un parque, con un ramo de flores en la mano. Esperaba a alguien y tontamente soñé con quien fuera a mí a quien buscaba con la mirada. Me acomodé en una banquita no muy lejos y me entretuve recorriendo sus fracciones una por una, recordando sensaciones, olores, sabores. Cosas que me serían arrebatadas completamente pero que no quería olvidar.
Unos minutos más tarde, una rubia llegó a su lado. Él, sonriente nuevamente la saludó con la mano y ella lo besó en la mejilla. No le entregó el ramo de rosas, pero pude sentir el dolor como punzada en mi pecho a flor de piel, el tenía a otra. Yo sabía que debía de haberlo visto venir, seguramente se conocían hace tiempo ya, pero nada me preparó para sufrir.
Igualmente, me quedé allí, porque sabía que tenía que aprovecharlo, porque bajo todo el sufrimiento se escondía el orgullo, y el amor que se conformaba con ser felíz si él lo era.
Caminaron juntos largo rato, yo iba un poco más atrás, mirando como seguía su vida. Ella no notaba mi prescencía, pero yo creo que él si se daba cuenta, por lo que le había preguntado a su acompañante si no le importaba que la llevara a un lugar especial.
La guió a travéz de los arboles y un par de manzanas, hasta detenerse en las dos grandes puertas tan familiares ya. Respiró hondo una vez y luego las atravezó tomando fuerte la mano de la rubia. Recorrierron los distintos senderos adornados con margaritas hasta dar con el indicado, y lo siguieron para llegar a una pequeña placa de madera que yacía en el suelo.
Sentí como poco a poco me empezaba a desvanecer junto con los temores y sensaciones, y una nueva sonrisa enmarcaba mi rostro. Ya no podía sentir dolor, ahora todo se reducía al amor.
Se agachó frente a la lápida y con los dedos limpió el polvo sobre mi nombre. Luego, tomó una de las flores del ramo y la dejó a un lado.
-Hola.- Me saludó como lo hacía cada vez que iba a verme, desde hacía ya dos años y medio. Me habría gustado devolverle el saludo, o hacerle sentir de alguna forma que estaba allí, pero lo que quedaba de mi alma en la tierra se desvanecía, porque había logrado continuar su vida despues de mí.
El se levantó del suelo y se sacudió los pantalones, para luego volver a tomar la mano de la joven, que miraba atentamente hacía mi tumba.
-Era muy linda.- Afirmo ella luego de unos segundos, desviando su mirada a la foto que yacía a un lado.
-Si, fue una mujer increíble.- Dijo él. Las palabras sobraban en ese segundo, y mientras yo sentía como me elevaba y desaparecía hice un último intento. Estiré todo lo que pude uno de mis brazos, hasta que mi dedo rozó su mejilla. Él me sintió, de eso estoy segura. Sonrió levemente y su corazón me susurro palabras de amor. Esa fue mi despedida.
Luego, se volvió lentamente a la rubia y le retiró un mechón detrás de la oreja. La acercó con cuidado hacia el, y finalmente la besó en los labios.
Fue allí cuando me dejó ir, y todo lo que alguna vez me amarró la tierra e impidió que siguiera mi caminó más allá de las nubes, se soltó.
El siguió su vida, y yo mi camino a los cielos.
Nada que agregar, es un corto importante para mí.
Gracias, siempre
S